Home Perfiles “Todo lo que hago es para la gloria de Dios, para evangelizar la cultura”
Compartir / 
“Todo lo que hago es para la gloria de Dios, para evangelizar la cultura”
.
El organista y corista de la Catedral Metropolitana, sacerdote Guillermo Gómez Ochoa, es un privilegiado en materia de talentos: músico, políglota, artesano, investigador y lector incansable de libros históricos eclesiásticos, además de Doctor en Filosofía y Teología. Sin embargo, no ha perdido la virtud de la humildad y el deseo de mantener un bajo perfil

Quien tenga dudas con su fe y quiera recobrar la confianza perdida, no estaría por demás que entablara una conversación con el sacerdote Guillermo Gómez Ochoa y averiguara un poco sobre su recorrido y la huella que ha dejado en las parroquias marginadas donde ha trabajado. Su alegría para hablar de Dios y de los milagros que ha visto; los argumentos que esgrime en defensa de la resurrección de Cristo, su vocación de ratón de biblioteca, su disciplina como investigador de ciencias antiguas y el amor que le imprime a su labor pastoral no dejan duda de que este es un sacerdote sabio y bueno, de esos que hacen quedar bien a la Iglesia en tiempos en que su popularidad está de capa caída. Y es que -asegura- su vocación jamás ha trastabillado. Desde cuando era acólito supo que lo suyo era el sacerdocio y en primero de bachillerato ingresó al Seminario. “Gracias a mi Dios, mi fe nunca ha entrado en crisis. Hay dos clases de personas: unas que van como el borracho, en zigzag hasta la meta, y otras que van como la flecha, derecho. A mí me ha tocado como la flecha, no más en lo mío”.

Entre trenes y pesebres
Aunque nació en el Carmen de Viboral, vive desde hace sesenta años en una finca en pleno Centro de Medellín, una vieja casona con árboles situada en la Avenida del Ferrocarril, en la parroquia de Jesús Nazareno. A esta casa llegó de cinco años y de inmediato quedó marcado por una de las más bellas imágenes que recuerde: la de la antigua locomotora de vapor. Tanto lo impactó el ferrocarril y el paso del tren, que con sus manos se dedicó a replicar locomotoras en metal, con las cuales ganó varios concursos en el Seminario mientras adelantaba el bachillerato. Algunas de ellas se encuentran dispuestas en distintos cuartos de la casa, y las enseña y pone a funcionar con entusiasmo casi infantil, el mismo que utiliza para mostrar los pesebres bíblicos hechos por él hace más de 50 años, o para escribir los 3 de mayo las infalibles carticas a la Santa Cruz, pidiéndole pequeñas locomotoras u otros regalos sencillos cual si fuera un niño.

La carta de Pilato: hallazgo histórico
Un órgano elaborado por él y libros muy antiguos también hacen parte de la decoración espontánea de su entorno, entre ellos un texto que data de 1894. “Es la primera vez que lo prestan –dice al verificar en la contraportada que su nombre es el único que aparece en la lista de préstamos–. Están en el Seminario, son 600 tomos que empezaron a imprimir en París en 1840 y yo los vengo leyendo hace 40 años”. Y precisamente en uno de esos libros de la Iglesia, que ni en la misma Roma han leído, halló la que considera una joya, uno de los mayores gozos de su vida de hombre religioso e investigador: una carta en la que Poncio Pilato despeja toda duda sobre la resurrección de Cristo. “Dice en la carta que a él le entregaron por envidia a un hombre muy santo que caminaba sobre el mar, curaba leprosos, resucitaba muertos y le daba la vista a los ciegos. Que le dijeron que era brujo y él creyó, se los entregó, lo crucificaron y le pusieron guardia. Y dice que sus soldados le contaron que resucitó al tercer día y que los judíos trataron de sobornarlos para que no contaran, pero que ellos no fueron capaces de callar: sí recibimos plata, pero resucitó al tercer día -le dijeron. Esa carta es preciosa y no es un apócrifo porque la trae San Ambrosio, doctor de la Iglesia, maestro de San Agustín, Alcalde y Obispo de Milán...”. Padre, por favor, el tiempo rinde pero no tanto.

Cuando el tiempo rinde
Muy a su mano también reposan varias biblias en latín, griego y hebreo, lenguas que cobran vida cada noche cuando el padre Guillermo lee una página de cada una, antes de adentrarse en los evangelios en griego y en latín, para luego estudiar música. “Después leo historia de la Iglesia, vida de santos y mártires en el Martirologio, leo sobre cultura general, filosofía y sociedades secretas”. Claro que antes ya ha celebrado, tocado o cantado varias misas en la Metropolitana y en la Congregación Mariana; y orado, rezado salmos y hasta alzado pesas. Y como secretario de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino –cargo en el que fue nombrado por ser uno de los pocos mortales, sino el único, que ha leído toda la obra del santo– todos los jueves se reúne con un grupo de profesionales “para analizar lo que está ocurriendo en el campo moral y religioso en el mundo a la luz de esta enseñanza”.
“Yo aprovecho los minutos y los segundos. No gasto afán y voy despacio” -dice cuando se le inquiere por su fórmula para usar el tiempo. Y todo lo disfruta, por una razón que para él es muy simple: “Porque todo está enfocado en lo mismo. Todo lo que hago es para la gloria de Dios, para evangelizar la cultura”.

 
 
 
 
Documento sin título
Documento sin título
Medellin, Colombia
Temp.:
Sens. Térmica:
Humedad:
 
 
             
  Más actuales...   Más Populares...