| La desnudez del rey del mundo |
| Por: Gustavo Arango |
| Confieso que no llegué libre de prejuicios a la proyección de la película Avatar. Ni siquiera tenía mucho interés en verla. Quería hacer con ella la misma promesa que hice de no ver jamás Titanic. Pero resulta que estaba con un grupo de entusiastas y me dejé arrastrar al teatro, entre otras cosas porque tenía la esperanza de encontrar razones sólidas para criticar al director. Por suerte, James Cameron no me decepcionó. El tipo me cayó mal desde que barrió con las estatuillas de los Óscares en 1998 y dijo una de las frases más estúpidas que pueda decir un hombre: “Yo soy el rey del mundo.” Cameron puede ganarse todos los premios que quiera, puede romper los records que se le antojen, pero con esa pendejada también se ganó mi insubordinación. De manera que aquí estoy, dispuesto a explicar por qué Avatar no es obra maestra ni nada que se le parezca, y por qué el cine podría muy bien arreglárselas sin Cameron, y no se perdería de gran cosa. Empecemos por decir que Avatar es una película de muñequitos donde el despliegue de tecnología intenta descrestarnos, pero también distraernos de sus intenciones reales. Las intenciones son claras: recoger dólares y Óscares. La estrategia también es obvia: hacer que la gente se sienta bien consigo misma, que lleguen a sentirse inteligentes y hasta dueños de una cierta rebeldía, de un sentido crítico que los devuelva a la calle tanto o más dóciles que como entraron al teatro. Avatar es lo que se llama en inglés un “crowd pleaser”. Es uno de esos confiticos que le gustan a todo el mundo. Para eso recurre a los temas que tienen éxito garantizado: tomar el partido del más débil, criticar a los ambiciosos y, durante los últimos años, mostrar una conciencia ecológica que se opone a las corporaciones que todo lo destruyen con su avaricia. Avatar es también un comercial de dos horas sobre los Marines, pero ese tema dejémoslo de lado para no meternos con otros soberanos. Lo que muchos han fallado en entender es que Avatar mismo es una corporación, es un negocio bien lubricado que pone gafitas de ciego a los espectadores mientras les saca plata de los bolsillos vendiéndoles la idea de que están viendo algo distinto a Pocahontas o Broken Arrow. Tras su aparente defensa de los que son distintos, Avatar le pasa una aplanadora a la diferencia y pinta de azul al resto del mundo. Todos son iguales para el director: negros, hispanos, árabes, orientales. Todos son lagartijas azulitas para quienes un blanco sin piernas (el motivo del limitado físico, o el marginal, también suele tener éxito garantizado) puede ser la salvación. Todas las tradiciones, todas las películas que fueron exitosas, todos los libros que despiertan simpatías, le sirven a Cameron para seguir reinando sobre el mundo. Uno podría aventurar la idea de que no hay una sola idea propia del director en toda la película. Pero sí la hay. Y es una mala idea: es la vieja idea de que el fin justifica los medios, la idea de que es posible saltar de un barco que se hunde (sigo sin ver Titanic, gracias a Dios), y montarse en otro barco que promete algo mejor. Esta es, en pocas palabras, la idea de la traición. Solo una cosa me gustó de toda la película: ver en tercera dimensión a la hermosa mujer hispana, corriendo en cámara lenta y con una blusa apretada. ¡Qué belleza! ¡Qué emoción! Tuve ganas de aplaudir al verdadero rey del mundo. Pero ese error del director de la película no basta para que pueda perdonarle el nuevo acto de soberbia que ha querido imponerle a sus millones de súbditos. Sé que expresando este tipo de opiniones me pongo en la misma situación que estaba el niño que dijo que el rey estaba desnudo. Pero es cierto, está desnudo, y ha entendido que ésa es la mejor manera de ocultar su verdadera condición. Oneonta (Nueva York), febrero de 2010. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |
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