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| Helí Ramírez Gómez es uno de los escritores más originales que ha dado Medellín. Es un caminante diurno y nocturno del Centro, lugar que sigue alimentando su poesía | |||
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| Con su libro En la parte alta abajo, supieron cómo vivían o, más bien, sobrevivían en Castilla, qué hacían día y noche los pelados de gallada, trabajadores y malevos, y las cuchas y los cuchos que de porfiados levantaban familias en medio de la pobreza endilgada por el desplazamiento. De la mano de Helí Ramírez los lectores se sorprendieron con la cotidianidad de la flaca, milín, la muerte, el gago, la bruja y otros personajes, todos ellos sin mayúsculas, quienes, sin proponérselo, hicieron la mejor radiografía de la parte alta abajo. Entre versos se filtraban los canazos, las muy democráticas soledad y rebeldía, los atracos en la cuadra o en el Centro, las visitas a los cines, los bares de Guayaco y sus mujeres, y hasta los pases de pelota en la cancha del barrio. ¿De dónde había salido ese original escritor de claro origen humilde que no aparecía en noticieros, revistas o periódicos? Para muchos fue una incógnita. Con excepción de un pequeño círculo de intelectuales y, sobre todo, de los editores de la Revista Acuarimántima, la primera que publicó sus poesías, nadie o casi nadie lo conocía. Y así sigue en 2010, 35 años después de publicar su primer libro: amante extremo del bajo perfil y más observador que interlocutor. Nació en ese 48 sinzónimo de violencia y a ella está ligado uno de sus más viejos y nítidos recuerdos del Ebéjico natal. “A mi papá se lo llevaron una noche; dicen que lo mataron y lo tiraron al río Cauca con otros del pueblo porque eran liberales. Recuerdo a mí mamá y a mi abuelita llorando en el patio y mirando para la plaza del pueblo. Después mataron al abuelo y a un tío de mi papá, entonces mi mamá, viéndose viuda y sin ninguna opción económica, se vino con nosotros para la ciudad y con el tiempo resultó trabajando de obrera en una fábrica de confecciones y eso es más o menos a grandes rasgos la historia familiar”. Muy a grandes rasgos porque aunque la vida de Helí es rica en historias, este hombre pausado es de muy pocas palabras, cero risueño, de expresión imperturbable e indescifrable, acentuada por ojos claros y penetrantes. Bien lo escribió en uno de sus poemas: “Y de nosotros no esperen gesticos amables pues si algún sueño coronamos es a la fuerza”. El giro de la vida A la fuerza y con guiños del destino coronó su sueño de escribir porque nada en su entorno sugería letras y, mucho menos, poesía. A los libros se acercó gracias a que “en uno de mis vagabundeos por la ciudad conocí la biblioteca de la Universidad de Antioquia, en San Ignacio. Entré y me pareció muy vacano tanto libro y cada vez que tenía un momento libre o me volaba de clase, me iba a leer”. Así, a los 12 años, llegaron a su vida Julio Flórez, Silva y Gutiérrez González. De la misma manera, vagabundeando, descubrió la Piloto. “Saqué carné y me llevaba libros para la casa. Allí conocí autores como César Vallejo, García Lorca y me fui universalizando más en la lectura”. Helí empezó a escribir al iniciar bachillerato “y en tercero ya tenía definido mi horizonte intelectual”. Sus primeros versos tenían el influjo de Julio Flórez, pero leyó a los nadaistas, en pleno furor por esa época, con vergüenza destruyó lo escrito y cambió de panorama. “Me gustaban por su irreverencia, porque rompían con ese pasado acartonado de la poesía. Si estos escriben este tipo de cosas -pensé- yo tengo otras para contar y resulté escribiendo lo que yo vivía en mi barrio y veía en mi cuadra”. Pero de ahí a publicar había mucho trecho. “Un día estaba tomando tinto en una cafetería del viejo Guayaco y me pillé en el periódico una entrevista a los editores de la revista Acuarimántima. Yo estaba muy mal, en una etapa de mucha desadaptación y leyendo me acordé de los poemas que tenía guardados, fui a la casa, los saqué, los revisé y como en la entrevista decía que Elkin Restrepo era profesor de la universidad, fui a buscarlo, le mostré mis poemas y el hombre me dijo venite dentro de 15 días yo los veo. Cuando volví me dijo: yo hablé con la gente de la revista y le vamos a publicar cinco poemas. Eso para mí fue una cosa extraordinaria. Cuando los vi publicados sentí que lo que había hecho sí tenía validez”. Tenía 25 años. Y siguió la cadena de acontecimientos que cambió su rumbo. Por intermedio de Elkin conoció a Carlos Castro Saavedra y gracias a este no sólo la U. de A. publicó su primer libro de poemas sino que consiguió trabajo en el ISS, empleo que le permitió continuar leyendo, escribiendo, jubilarse 28 años después y gozar de la vida estable que su cuna no le auguraba. “Yo he sido un afortunado, viniendo de donde vengo, sin tener alcurnia, que estos señores hayan sido tan benévolos conmigo y me abrieran las puertas”, dice Helí, siempre agradecido y respetuoso. “Hoy hago lo mismo que hacía hasta cuando tuve 27 años: leer, escribir y andar. Nunca he mercado con la publicación de un libro pero no por eso voy a dejar de escribir”. |
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