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| Es una de las razones por las que el artista Jorge Uribe Rodríguez ha vivido en el Centro desde cuando nació, hace 74 años | |
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| Al abrirse el ascensor del sexto piso del edificio El Parque, en pleno Parque Bolívar, de inmediato arroba al visitante un bello mural de flores con el sello de inocencia y colorido de Ethel Gilmour. Es la antesala de un espacio que más que un apartamento es un museo, un santuario del arte y el amor, donde por casi dos décadas vivió la pareja de artistas conformada por Jorge Uribe y Ethel Gilmour. Segundos después una figura delgada y canosa abre la puerta. A su lado salta y olfatea Lluvia –Rosa María de la Lluvia– una perrita tan dulce y pacífica como su amo. A ambos los unió el amor por Ethel, fallecida en septiembre de 2008. La verdad, pocos creían que Jorge Uribe, pintor y arquitecto, pudiera sobrevivir sin la complicidad de quien fuera su compañera inseparable por cuatro décadas. Pero aquí sigue, firme, con una cara de bondad inigualable y unos ojos que a cada rato se le aguan. “Soy muy sentimental y muy llorón”, nos dice a manera de disculpa como si no fuéramos nosotros los que debiéramos hacerlo por inmiscuirnos en su mundo. Santa Ethel Mientras sostiene a Lluvia contra su estómago recorre y enseña con amabilidad este espacio de 300 metros cuadrados donde el arte y la creatividad hacen guiños y juguetean en todas las paredes, muebles, cuadros, camas, mesas, escritorios y rincones. De una planta cuelgan billetes, de un sofá brotan los dos ojazos azules y enigmáticos de un gato, detrás de una puerta asoma el Divino Niño y de unas botas retoñan flores. Por las ventanas, al lado de un diván rosado lola, saluda una vista privilegiada del Centro de Medellín: la Catedral Metropolitana, el Parque Bolívar y su San Alejo son apenas algunos de los referentes que han inspirado las pinturas de Jorge Uribe y donde a menudo acude a solazarse en su belleza. “Santa Ethel”, musita medio en serio medio en broma cuando le preguntamos si es posible no sentirla en medio de tantos recuerdos, de sus obras, de sus sillas, de sus plantas, de su estudio, de sus libros, de su esencia. Entonces confiesa que Ethel lo ilumina, le da fuerzas y le muestra los caminos. “La siento mediante impulsos, no sólo yo sino muchos amigos. Ethel me ayuda en todo, hasta a pintar... me dice qué es lo que tengo que hacer, cómo tengo que hacer las relaciones públicas porque yo soy muy malo para eso y ella era muy buena. No hay certeza de si es una comunicación real, pero creer en eso le ayuda a uno a vivir”. Por siempre el Centro Jorge Uribe nació en el año 36 en una casa de Maracaibo con El Palo, “en lo que se llama ahora la Zona Fucsia”. Hijo de quien a la vez era médico prestante y músico frustrado y de una artista de los tejidos, desde niño dibujaba, disfrutaba los colores, los trabajos manuales y leía. Pero en aquellos años en una familia como la suya era impensable que alguien se dedicara al arte. “Cualquier cosa de esas era la bohemia, no era para la gente decente”, se decía. Entonces ingresó a lo más afín: arquitectura. Al graduarse, gracias a una beca del Icetex viajó a Europa por tres años, estudió inglés, francés, urbanismo, diseño de interiores, recorrió pueblos y museos y, lo más importante, conoció a Ethel. En este punto del relato sus ojos se empañan de nuevo y la nostalgia obliga a un breve receso. A su regreso a Medellín se vinculó como arquitecto a una empresa, pero su sensibilidad le marcó el camino. “Sufrí mucho porque había que hacer una arquitectura comercial, tumbar casas bellas viejas y hacer cosas horribles”. Y esa destrucción del patrimonio arquitectónico todavía le duele. Del Centro, por ejemplo, añora los puentes sobre la quebrada Santa Elena, las casas de Prado y de La Playa. Sin embargo, continúa en él “porque el Centro tiene personalidad, en cambio El Poblado, que antes era hermoso, hoy es un montón de edificios horribles, todos igualitos. Si este centro no lo tuviéramos lleno de carros y de buses sería menos contaminado y muy agradable”. De vuelta al arte Para su fortuna, el calvario laboral que le obligaba a demoler viejas casas para construir edificios no duró más de un año y pudo ingresar como profesor de volúmenes a la Universidad Nacional, donde a finales de los años 80 se jubiló. Desde entonces, quien hasta el momento no había sido más que un pintor aficionado, empezó a tomar la pintura en serio “y aquí voy. Veía pintar a Ethel y empecé con bodegones, frutas, un florerito, cosas sencillas que también pueden ser muy complejas”. Hoy las acuarelas y los collages han sido la mejor vía para llenar el vacío que dejó la muerte. “No tengo especialidad, para mí es lo que uno sienta, es el sentimiento. Uno va adquiriendo madurez. En arquitectura y las bellas artes lo básico es la educación del ojo, o sea que uno a medida que va mirando aprende a ver”. Trabaja varias horas al día y, para no interrumpir, con frecuencia pasa derecho sin almorzar. “Cuando estaba con ella era muy organizado -recuerda. Ahora es otro ritmo distinto y me he acomodado. Voy descubriendo otra vida, es como volver uno a ser soltero pero de más edad”. |
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