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Bolívar desenterrado
Por: Gustavo Arango
Intencionalmente me aislé del palabrerío que era de esperar que acompañara la llegada del segundo centenario de no haber logrado nada. Pocos son los que observan en detalle que lo que de veras ocurrió ese veinte de julio fue una ratificación de lealtad al rey de España, que entonces se hallaba arrinconado en su propia patria, por la expansión napoleónica que pudo haber determinado, entre otras cosas, que esta columna estuviera escrita en francés y no en castellano.
No miré televisión, ignoré páginas virtuales de periódicos y presté oídos sordos a los comentarios patrióticos o escépticos, a los vivas ingenuos y las supersticiones del nacionalismo que, como lo dijo Borges, no tienen término. Los ejemplos que da el argentino son maravillosos y resumen todas las tonterías que acompañan la idea de que hay pueblos mejores que otros: “En el primer siglo de nuestra era, Plutarco se burló de quienes declaran que la luna de Atenas es mejor que la luna de Corinto; Milton, en el 17 noto que Dios tenía la costumbre de revelarse primero a sus ingleses; Fichte, a principio del 19, declaró que tener carácter y ser alemán es, evidentemente, lo mismo”.
Pero como es imposible cerrar la puerta del todo, por uno de los resúmenes de noticias de Internet llegué a saber que en Venezuela habían desenterrado el cadáver de Bolívar, para ver si era verdad que había muerto envenenado. No tengo nada contra Venezuela, al fin y al cabo somos la misma Nueva Granada. Tampoco tengo interés en tomar partido en la pelea de burros orejones que sostienen los caudillos endiablados de los países “hermanos”. Pero la noticia de que sacaron de su reposo el cadáver de Bolívar me produjo una extraña variedad del horror.
“¿Qué puede quedar de ese pobre hombre?”, me pregunté. “¿Por qué no lo dejan seguir muriendo tranquilo?”. ¿Qué se ganan los que lo mandaron a desenterrar, si llegan a confirmar que de veras sí hubo mano criminal? ¿Van a buscar a los responsables? ¿Van a meterlos a la cárcel de los muertos? Podría esgrimirse el argumento de que la justicia cojea pero llega, de que más vale tarde que nunca, de que siempre es necesario que se busque la verdad. Pero los ciento setenta años de tardanza sugieren que son otros los intereses. Imagínense que se tardara siglo y medio para que se encuentren los culpables de los crímenes que se han cometido en Colombia recientemente. ¿A quién le va a importar?
Hace poco salió aquí, en el País del Sueño, un libro sobre los muertos célebres que han seguido zarandeando después de muertos. Al cadáver de Lincoln lo quisieron secuestrar, y pedir un pago jugoso por su rescate. A Yeats no lo querían en Irlanda, porque los ingleses habían cometido la afrenta de declararlo poeta nacional. El cadáver de Poe también anduvo de aquí para allá, y al autor de la canción “Home Sweet Home” tuvieron que aforarlo desde África, y enviarlo de regreso como equipaje no acompañado, hasta su dulce hogar.
La historia está llena de hechos sórdidos asociados con sepulcros. Las aventuras del cadáver de Eva Perón dieron para una novela de Tomás Eloy Mártínez que ya es un clásico. La cabeza de Swedemborg nunca apareció. Los diarios sensacionalistas empiezan a murmurar aquí que el cadáver de Michael Jackson se perdió. Pero esto que le han hecho a Bolívar se me antoja demasiado. He oído decir que también desenterraron el cadáver de su hermana para confirmar la identidad por parentesco: insulto doble al libertador. Me atrevo a afirmar –si fue cierta la historia del envenenamiento– que los asesinos le tenían más estima al pobre Bolívar, que el que puedan tenerle los que ahora han decidido divertirse con sus huesos.

Oneonta (Nueva York), julio de 2010.
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