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“Me enamoré con Medellín”
Desde hace cinco años Michael Cooper es el Director General del Centro Colombo Americano. Un encargo nada fácil: reemplazar a Paul Bardwell, quien convirtió un instituto de enseñanza del inglés en un centro cultural de la ciudad


Es el gringo típico. Al oírlo es inevitable recordar al simpático embajador estadounidense en Colombia y las parodias que los humoristas hacen sobre él. Las mismas carcajadas, similar entonación y conjugación de verbos. “Yo toqué el tuba y participé en el coro del colegio. Tenía muy buena voz en esa época pero creo que ya se fue” y suelta su carcajada tipo William Brownfield.
Animado por el interés de conocer otras culturas, Michel Cooper llegó a Medellín en 1982 como profesor de primaria del Columbus School y aunque sólo vino por dos años, 28 años después no tiene ninguna intención de irse. La razón es contundente: “Me enamoré con Medellín”, dice en su peculiar español.
Ni siquiera en la época más cruda del narcoterrorismo contempló la posibilidad de devolverse para su Ohio natal, de donde lo llamaban amigos y familiares a preguntarle si era que estaba loco que seguía en la que para entonces era considerada la ciudad más violenta del mundo. No se amilanó ni ante el extendido rumor de principios de los 90 de que todo estadounidense en Medellín era objetivo militar. “Yo nunca me sentí amenazado por ser gringo, pero sí me daba miedo que de pronto fuera a estar en el lugar equivocado, como en el comercial”, dice al dar paso a otra Brownfield-carcajada.

O Tanzania o Medellín
Creció en el campo, en Shelby, un pueblito de 10 mil habitantes. Allí, a la par que estudiaba, tocaba la tuba, actuaba en el grupo de teatro y cantaba en el coro escolar, mientras una idea no dejaba de dar vueltas en su cabeza: “Salir de este pueblo mío porque tan chiquito”.
Al igual que el estadounidense promedio, a los 16 años empezó a trabajar. En un principio en cuanto oficio vacante hubiera en la compañía maderera familiar y, más adelante, ya universitario, por años cuadró sus bolsillos con la venta de ropa masculina en Sears los fines de semana, el cuidado nocturno de muchachos en un colegio y el manejo por horas del departamento de audiovisuales de la universidad.
Una vez graduado en Educación y pese a su deseo de vivir en un lugar más grande, trabajó nueve años como profesor en un pueblo de solo dos mil habitantes, también en Ohio. Pero su aspiración de conocer otras culturas seguía firme y tras buscar oportunidades obtuvo dos ofertas: una para trabajar en Tanzania y otra en Medellín. Pocos días después aterrizaba en el Olaya Herrera con sus maletas, una especialización en Consejería y ni idea de español.

Lo que es para uno...
Aficionado a las expresiones culturales, los musicales, el teatro y el cine, muy recién llegado a Medellín, el Centro de la ciudad se convirtió en su sitio de habitación y referente primordial: las funciones en el Teatro Pablo Tobón Uribe, las películas en los desaparecidos y muy añorados teatros Libia, Odeón, El Cid y, cómo no, el Colombo Americano. Este último, además, era vital ante la inexistencia de Internet pues “a mitad de los 80 era muy difícil conseguir en Medellín periódicos y revistas en inglés y en la biblioteca del Colombo siempre podíamos leerlos”.
Por aquellos años también conoció a Paul Bardwell y recuerda que sintió envidia de la buena por su cargo. A menudo se decía: “Me encanta el puesto de Paul, yo quiero este puesto porque me gusta la parte de educación y de cultura, pero conociendo a Paul, tan similar a mí, paisa por dentro, no va a salir. Está enamorado de la ciudad y es más joven que yo, entonces más bien me dedico al colegio porque Paul de este puesto nunca se va a ir”.
Y con este convencimiento, se olvidó de su deseo, se contentó con hacer parte de la junta directiva del Colombo Americano y siguió con su labores en el Columbus School, donde ascendió de consejero a director del bachillerato. “Me enamoré mucho del colegio y del trabajo, muy contento trabajando con los muchachos, los muchachos son difíciles, los papás de los muchachos también son difíciles y también los profesores” (a esta altura de la entrevista otra carcajada nos recuerda de nuevo al embajador).
Pero luego, a fines de noviembre de 2004, pasó lo que nadie se esperaba: “Se murió Paul, más joven que yo, nunca pensé”. Revivió entonces su viejo anhelo y varios meses después, tras sortear un proceso de selección, Michael Cooper empezó a dirigir el Centro Colombo Americano. La decisión, sin embargo, no fue fácil. “Llevaba 23 años en el colegio y tuve que hacer un proceso para mirar mis sentimientos: dejar a los muchachos, empezar un trabajo nuevo de 54 años, lo pensé, pero bueno...”.
Hoy, con cinco años montado en su sueño de estar al frente de la institución, sigue vibrando como el primer día. “El Colombo para mí es una mezcla de todas las cosas que me encantan: la educación, la cultura y la participación social. En estos cinco años hemos salido de las puertas del Colombo y hemos expandido los proyectos para gente que tiene pocas oportunidades”.
En cuanto a Shelby, sus padres y sus hermanos, siguen presentes y cercanos, pues los visita con frecuencia. Así no podrán jamás reclamarle que incumplió su promesa de no alejarse de ellos así viviera y quisiera morir en esta Medellín del tercer mundo.
 
 
 
 
 
 
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Medellin, Colombia
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